El 26 de mayo de 1944, se firmó el acta de fundación del Centro de Exportadores de Cereales, por los representantes de nueve empresas, en una oficina de la avenida Corrientes, en Buenos Aires.

Por entonces, con el telón de fondo de una Segunda Guerra Mundial (1939-1945) que se encaminaba a su final y una colecta solidaria para ayudar a los damnificados por el terremoto que destruyó San Juan en enero de 1944, ese año se iniciaba con pronósticos declinantes del año agrícola debido a los perjuicios de “magnitud extraordinaria” ocasionados por enfermedades criptogámicas (hongos filamentosos). Así, la cosecha de trigo, que representaba una de las producciones clave del país, había caído en un 16,5 % en dos meses (de 8,5 a 7,1 millones de toneladas).

El contexto de la época no era el mejor. Aunque en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial (1914-1918) la Argentina era el segundo exportador mundial de cereales (el primero en maíz y semillas de lino), el precio de los productos agropecuarios cayeron, tras la gran crisis de 1929-1931, un 60 % mientras subían los de los productos manufacturados. El impacto era significativo dado que, en 1929, el 35 % del comercio mundial estaba constituido por productos agropecuarios.

Desde entonces, la producción y la exportación de cereales en la Argentina exhiben, hasta nuestros días, importantes aumentos. El trigo, desde la campaña 1944/45 (contemporánea a la fundación del CEC) hasta la de 2011/2012, tuvo un crecimiento importante: su producción se incrementó en 32,5 % y su exportación, en 490 %. La producción de maíz aumentó, en ese período, en 66,4 % y la exportación, en 3.163,6 %. Finalmente, la producción de soja creció, desde la campaña 1970/71, en un exponencial 85.762,7 %, en tanto se pasó de ninguna venta al exterior a 9,1 millones de toneladas exportadas en la campaña 2011/12 sólo de poroto de soja.